Más que cortos, menos que largos

Posted on 13 mayo, 2011 por

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Según la Ley 55/2007, la diferencia fundamental entre un largometraje y un cortometraje se define por la duración de la proyección y por la perforación de los fotogramas. Esta distinción, legal, oficial y marcada para evitar la explotación de las subvenciones, repara en el aspecto técnico de las producciones, pero obvia las diferencias que van más allá y se extienden no sólo al corto y al largo, sino a sus subgéneros, a sus propósitos y, sobre todo, a la búsqueda de financiación.

Busca las siete diferencias

A la pregunta de “¿Cuál es la diferencia entre un corto y un largometraje?” la respuesta suena obvia y casi redundante: que uno tiene una duración de entre 3 y 45 minutos y el otro puede ocupar hasta dos DVD sin extras.

Aunque la respuesta no deja de ser cierta, más cierto es que no sólo en eso se queda la distinción y todo empieza por el dinero.

A grandes rasgos, el presupuesto de un largometraje en España suele rondar los 2.5 millones de euros, mientras que para un cortometraje es difícil llegar a los 100.000. Para financiar esto, el Estado dedica unos 140 millones de euros al año a la subvención de largometrajes (que de repartirse equitativamente entre las 120 películas españolas que se producen de media al año supondría 1.166.666€ por cinta), mientras que a la producción de cortometrajes se destinan cerca de 650.000€ (supone una media de 17.000€ por corto realizado en el 2007).

No obstante, he aquí otro matiz dentro de la Ley que regula dichas subvenciones: sólo se entiende por cortometraje o largometraje una película cinematográfica, es decir “Toda obra audiovisual, fijada en cualquier medio o soporte en cuya elaboración quede definida la labor de creación, producción, montaje, y posproducción y que está destinada, en primer término, a su explotación comercial en salas de cine,” según define la Ley.

La Ley 55/2007 sólo permite subvencionar aquel proyecto que vaya destinado a la gran pantalla

Esto no supone grandes problemas para un largometraje, cuyo destino final suele ser la gran pantalla. Pero, ¿qué hay de aquellos cortometrajes que se distribuyen por Internet sin llegar al celuloide? En resumen, ¿qué pasa con la mayoría de los cortos realizados en España?

La respuesta es sencilla: o no reciben subvención, o han de hacerlo a través de organismos y fundaciones privadas. Alternativamente también pueden auto-financiarse, como los creadores de Birdboy, el corto español más premiado del 2011, aunque esta no es una aventura en la que muchos estén dispuestos a embarcarse en los tiempos que corren.

Sin embargo, no todas las diferencias juegan a favor del largometraje. Mientras que el beneficio es claramente menor en el caso de los cortos, la creatividad y posibilidades son infinitamente mayores; “La inversión que supone un largometraje mediatiza buena parte de las decisiones, y más ahora, que es más arriesgado poner dinero en cine sin tener las espaldas cubiertas. Haciendo cortos puedes ser más libre y de paso incluso mantener una carrera profesional como realizador,” sostiene Pedro Rivero, director de Birdboy.

Por peculiar que sea la mención del dinero como factor negativo, lo cierto es que las presiones mediáticas pueden ser muy contraproducentes para la calidad del producto final. Bien sea por cuestiones político-económicas o directamente de publicidad (product placement), esta coacción por parte de terceros puede escurrirle la originalidad al producto final y alienar a sus creadores. A la contra, un corto no sólo permite mantener una trayectoria e idea de principio a fin, sino que además puede servir como un acto de promoción hacia proyectos mayores.

En la producción de largometrajes, la coacción por parte de terceros puede escurrirle la originalidad al producto final y alienar a sus creadores

Pero no es sólo entre largos y cortos donde existen flagrantes diferencias. Dentro del mismo género del cortometraje existen dos subtipos: la animación, y la acción real.

Se da la irónica situación de que la acción real se cree más costosa y exhaustiva que la animación, un “producto para niños” de bajo coste, pero lo cierto es que esta afirmación está a kilómetros de la realidad.

Por una parte, como afirma Rivero, en cuanto a preparación y búsqueda de financiación es fácil que coincidan, pero ahí es donde acaban las similitudes: “un corto de imagen real se filma en una semana, mientras que la animación es un proceso que se prolonga durante varios meses, a veces incluso años.”

El hecho de que un corto real pueda filmarse en una semana implica que es más fácil encontrar voluntariado, lo que se traduce en un producto por el que mucha gente no cobra. La animación, por otra parte, supone un gasto continuo de recursos y técnicos profesionales que, por lo general, no trabajan gratis.

Se entendería así que la animación tuviese un mayor reconocimiento público, pero lo cierto es que todavía siguen destacando más los cortos de acción real por prestarse a ser interpretados por actores conocidos y por tratar temáticas adultas.

Un corto de acción real puede filmarse en una semana, para lo que es más fácil encontrar voluntariado

Porque, ¿es posible hacer animación para adultos y competir en un mercado dominado por productos infantiles? Son muchos los cortos que no buscan un público menor de 10 años, como Birdboy, que trata temas como la drogadicción o problemas juveniles, o “La dama y la muerte”, el corto español ganador del Oscar al mejor cortometraje en 2011 que hace una reflexión sobre el derecho a la muerte digna.

Según los creadores de Birdboy, la industria va a privilegiar aquello que tenga una mejor explotación, como la animación para niños, pero los grandes de la profesión como Pixar han demostrado que pueden conciliar ambiciones “adultas” con productos comerciales. “Birdboy tiene su propio público,” afirma Rivero.

Y cierto es que lo tiene, ya que no se ganan 10 premios nacionales e internacionales o se entra en la final de la selección a los Oscar sin un público fiel y dedicado al corto de animación alternativo.

Las diferencias son muchas y las desventajas más, pero las recompensas – como bien saben Pedro Rivero, Alberto Vázquez y todos los estudios que colaboraron en Birdboy – dejan de medirse en dinero cuando lo que prima es el beneficio profesional, emocional y personal que se obtiene con la producción.

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