Nueve meses por doce minutos

Posted on 13 mayo, 2011 por

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El cine, concepto con connotación de noventa minutos a coste de oro. Pensar en cine evoca las grandes imágenes en enormes pantallas y cachés millonarios que no siempre amortizan el gasto de producción. Así es difícil recordar que no sólo de largometrajes se nutre el celuloide  y que, lejos de los presupuestos extravagantes y las esperanzas de taquilla, hay un sector que, con poco tiempo, recursos y dinero, lleva años abriéndose camino hasta las cumbres más altas: el cortometraje

Birdboy


Todo es cine: el corto, el largo o el documental. Pero, ¿Cuál vale más? ¿Cuál es más digno de ser financiado y llevado a las grandes carteleras, a las largas alfombras rojas y la marea de flashes?

Es el condicionamiento comercial del cine – esa necesidad de amortizar y reamortizar lo valioso, de marcar una pauta y un cauce al dinero a través de un determinado modelo de película, con una duración y una temática determinada. Es, a fin de cuentas, el canon de los que dicen qué ha de gustarle al público y cómo debe hacerse y pocos se atreven a saltarse esa imposición por miedo a destacar.

Quien hace un cortometraje hoy, en este contexto, lo hace porque sí, porque quiere aunque no puede, porque ama y cree en un proyecto aunque sea un saco roto entre las manos. No es producto de las salas de cine, ni objeto del DVD y su reconocimiento en festivales o certámenes a menudo pasa desapercibido por los medios y el público. Sin embargo, es quizá este desapego de la comercialidad y lo común lo que hace de este género un baluarte de la originalidad y la calidad fílmica.

Quien hace un cortometraje hoy, lo hace porque ama y cree en un proyecto aunque sea un saco roto entre las manos

En 2010 se crea bajo este panorama “Birdboy”, un corto de animación con presupuesto base de 75.000 euros dirigido por Pedro Rivero y Alberto Vázquez y producido por cuatro estudios: Abrakam Estudio (financiación), Postoma Studio (animación), Cinemar Films (sonido) y Uniko (edición y postproducción).

“Cada estudio aportaba su saber hacer en las diferentes fases del proyecto, y UniKo se ha encargado principalmente de la edición del film, aunque como todos, hemos estado trabajando en la producción para que el cortometraje tuviese el mejor acabado, y sobre todo, el mejor recorrido posible,” comenta Ivan Miñambres, del estudio de producción Uniko

Con este equipo comienza la lucha por sacar adelante un proyecto sin más financiación que el bolsillo del propio Rivero y las productoras que se prestaron a trabajar sin que hubiese dinero de por miedo mientras no hubiesen subvenciones disponibles – algo inaudito en este mundo acechado de continuo por la crisis económica.

Una crisis que, por otra parte, no ha tocado todavía a Birdboy gracias al empeño de la plantilla en que no les afectara: “Decidimos invertir un dinero y no nos tembló la mano al hacerlo. Desde luego, dábamos por hecho que ninguna entidad bancaria nos iba a dar un crédito ni aunque tuviésemos una subvención como garantía,” afirma Pedro Rivero.

Sin crisis, pero también sin crédito, sin subvención y sin patrocinio, los creadores de Birdboy tuvieron que rascar en sus propias arcas para cubrir el coste íntegro de la producción y promoción del cortometraje. Esto desembocó en que, tras completar el proyecto, el equipo entero se quedó “flotando en el vacío” ya que no había ninguna ayuda garantizada y el catálogo de cortos vascos, Kimuak, los dejó fuera de la selección. “Esto suponía que teníamos que seguir invirtiendo en el cortometraje, ahora para su promoción, lo que nos obligó a aplazar varios meses el pase a 35mm,” comenta el director.

Afortunadamente Birdboy acabó por recibir ayudas a la producción por parte del Gobierno Vasco y el ICAA – entidad que destinó en 2010 el total de 650.000 euros a la realización de 37 cortometrajes españoles, 18.500 de los cuales recayeron en el de Rivero y Vázquez. Con esto, más lo recaudado recientemente a través de premios y venta de derechos, el equipo está logrando amortizar poco a poco lo invertido, aunque siguen lejos, según Rivero, de llegar a cubrir el gasto completo.

Recaudado este dinero, el siguiente reto es poder pagar decentemente al equipo de creación – una prioridad que es fácil olvidar en proyectos mayores. En un corto como Birdboy, en el que la plantilla es pequeña pero altamente cualificada, lo esencial es, en palabras de su director, “minimizar en lo posible la estructura administrativa y de producción, optimizando la coordinación entre los distintos equipos, para que todo el dinero que inviertes se vea reflejado en la pantalla.” Una buena técnica que, por otra parte, resulta en procesos creativos de meses – nueve en este caso – que bien pueden equipararse al tiempo de producción de un largometraje.

El uso de las redes sociales ha sido un elemento clave en la distribución y promoción de Birdboy

Pagada la plantilla y cubierta la inversión, el próximo paso, quizá el más importante, era la promoción. Si hay una cosa cierta de la ciencia que es la publicidad, es que se cobra el minuto en oro y no siempre devuelve los resultados previstos cuando hecho de la forma tradicional. No obstante, fiel a la dinámica de sus creadores, que invirtieron más tiempo y esfuerzo que dinero en su proyecto, la promoción de Birdboy consistió en una mezcla de envíos en masa a festivales y comunicación constantes con los medios para anunciar los premios obtenidos y los futuros pases. Obvia decir que el uso de las redes sociales ha sido un elemento clave en su distribución y que gran parte de la atención atraída hacia el corto ha sido gracias a la colaboración de la editorial bilbaína Astiberri y su web de noticias.

Es una alternativa a la costosa publicidad televisiva que, pese a todo, tampoco sale gratis. De hecho, su creador lleva gastados unos 10.000 euros en promoción y espera gastarse otros tantos en su intento de llevar Birdboy a Estados Unidos. “No estaría de más contar con el apoyo de alguna fundación,” dice, y lo cierto es que lo necesitan, ya que la carrera hacia los Oscar no puede realizarse sin una cartera abierta que apoye la causa.

Porque esta es la causa principal de Birdboy: no ganar dinero, ni siquiera recuperarlo, sino obtener el reconocimiento de los expertos y la apreciación pública de su trabajo. Tras haber sido premiados con el premio al Mejor Film de Animación del Festival Internacional de Foyle , el Gran premio de Cine Vasco y el Premio al Mejor Guión Vasco de Zinebi, el premio a la Mejor Pieza de Animación en el festival En.Piezas de Caja Madrid, el Premio de Animación del Visual Sound de Barcelona, el Premio al Mejor Corto Experimental o de Bellas Artes del Festival Stoke Your Fires, así como otros premios en Palencia, Coruña, Albacete, Birdboy se ha hecho un hueco en la lista final de los cortometrajes nominados a los Oscar 2012.

Es una empresa difícil, especialmente para un cortometraje tan “modesto” como Birdboy, pero lo cierto es que a veces vale más la noticia que el premio en sí y, lleguen o no a los Oscar, el corto está abriendo un importante camino hacia el objetivo final: “Birdboy es un proyecto muy personal realizado con grandes profesionales, que esperemos nos abra camino y nos permita empezar a finales de año a producir el proyecto de largometraje “Psiconautas” basado también en el cómic de Alberto Vázquez,” afirma Iván Miñambres.

El objetivo de Birdboy siempre fue servirles de carta de presentación para el largometraje de Psiconautas

Y es que esta es, según su director, la premisa del corto: invertir más trabajo y dinero en hacer un cortometraje que no sólo les permitiera probar todos los aspectos técnicos, sino que también tuviese su propia entidad narrativa y una carrera autónoma en festivales de cine que pudiese servirles de carta de presentación para el largometraje.

Con todo, la rentabilidad de Birdboy nunca se ha medido en términos de amortización y beneficio, sino en concepto de necesidades personales y valor emocional. Además de crear una reputación para proyectos de mayor envergadura, nadie en el equipo entiende el cortometraje como una forma de hacer dinero, sino una vía para reafirmarse como profesionales y obtener un reconocimiento a su dedicación y pasión por sus proyectos.

“La rentabilidad me resisto a medirla en términos económicos o incluso de progresión profesional. Siempre he encarado cada uno de los proyectos que he realizado con auténtico deseo y dedicación y es en ese proceso en el que uno vive para lo que quiere hacer donde se hace rentable, más allá del alcance que luego pueda tener su resultado final,” sentencia Rivero.

“A un nivel emocional, para mí es absolutamente rentable, y afortunadamente, a día de hoy puedo seguir viviendo de ello,” añade Vázquez, el artista de Birdboy y Psiconautas, “lo económico es en este caso algo secundario, importa más el grado de realización personal que supone.”

Y es que, cuando se piensa así, no hay moneda en el mundo que pueda pagar los nueve meses de trabajo por doce minutos de ilusión.

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