“Sí que podemos (financiar tu campaña)”

Posted on 10 junio, 2011 por

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Desde los albores de su existencia, el ser humano ha tenido la inminente necesidad de hacer propaganda y publicidad de todo aquello que considera valioso o rentable, bien moral o financieramente. En este ámbito, tanto el cine como la política han sido herramientas de uso mutuo, beneficiándose el uno del otro cuando convenía y sacando a relucir los intereses de los implicados. ¿Es una muestra de libertad y democracia, como lo entienden los Estados Unidos, o de aprovechamiento y descaro, como lo ven en España?

Sí que podemos!

Suele suceder cuando hay necesidad de un cambio, cuando se presupone una victoria clara y definida o cuando la esperanza hace creer que existen posibilidades de que ocurra cualquiera de los dos casos. En ningún lugar del mundo se hacen campañas de actores y técnicos del cine si no es por una de estas causas.

España siempre ha contado con este tipo de promoción – antes de la dictadura, durante la misma y también tras su desaparición, actores, directores y también algunos cantantes y cómicos se posicionaban a favor de un bando determinado y mostraban públicamente su inclinación política. Indiferentemente de las motivaciones tras este reconocimiento, lo cierto es que aquí, en la península, el efecto de estos favoritismos es escaso, si acaso nulo o incluso negativo, ya que no suelen alterar el curso de una campaña y, en ocasiones, pueden incluso ocasionar linchamientos mediáticos.

Ese fue el caso del siempre polémico Willy Toledo, actor español y afín (hasta su reniego) al PSOE con aquel gesto de “la ceja”, que además de implicarse en la política nacional, decidió mostrar su apoyo al régimen cubano mediante declaraciones durante una tertulia de televisión. Habiendo aludido a los presos políticos como delincuentes – incluyendo a Orlando Zapata, fallecido en una huelga de hambre – su opinión suscitó una fuerte polémica por parte de la audiencia y el colectivo de actores españoles.

Indudablemente las declaraciones de Willy Toledo fueron personales e individuales, pero su fama le precedía y su opinión se consideró ofensiva por no comulgar con el pensamiento general.

Y he aquí el ‘truco’ – un apoyo político parece ser válido únicamente si se hace en grupo o colectivo y siempre que se haga bajo el precepto del cambio o la victoria asegurada.

El apoyo político parece ser válido únicamente si se hace en grupo o colectivo y siempre que se haga bajo el precepto del cambio o la victoria asegurada.

Este es uno de los motivos por los que en las últimas elecciones generales del Reino Unido, un país de poca participación y menor interés político, se creó una plataforma de celebridades públicamente declaradas a favor de la tercera fuerza política del país, los Demócratas Liberales (allí conocidos como Lib-Dems).

Tras una larga historia de gobiernos compuestos exclusivamente por Laboristas o Conservadores, sin coaliciones (salvo en periodo de guerras) y la imposibilidad de repartir escaños proporcionalmente debido a su Ley Electoral, los británicos vieron la alternativa en los liberales, un partido con olor a coche nuevo y la etiqueta todavía colgando del traje. Un cambio ‘necesario’ según algunos para sacar las viejas telarañas y caras momificadas del congreso británico.

Con este pensamiento, figuras de la talla de Daniel Radcliffe (Harry Potter) o Colin Firth (El discurso del Rey) se posicionaron a favor de Nick Clegg y su partido en lo que fue una de las campañas más emocionantes vividas en Gran Bretaña. Eso es, hasta que ganaron los Conservadores y convirtieron a sus ‘aliados’ Liberales en la cabeza de turco a la que culpar por todos sus desperfectos políticos.

El reniego que siguió a esta decepción con los Liberales es algo que, por otra parte, no ocurre en los Estados Unidos – un país con una democracia de anteayer pero más sólidamente establecida que en otros países en los que lleva años incorporada. Allí, cuando un actor apoya a un candidato o partido lo hace de verdad, pese a la crítica y la intemperie. Incluso cuando suceden, los ‘cambios de chaqueta’ no están completamente mal vistos, ya que Estados Unidos cuenta con un gran porcentaje de indecisos electorales que tiende a votar por el programa y no por el signo político.

Cuando en EEUU un actor apoya a un candidato o partido lo hace de verdad, pese a la crítica y la intemperie.

La historia de Estados Unidos no indica la fecha en la que un cineasta apoyó por primera vez a un político, quizá porque allí es algo normal, común, habitual, aunque quizá no reconocido internacionalmente hasta la campaña del 2008-2009 del presidente Barack Obama.

De hecho, había ocurrido antes, en la carrera Bush-Kerry, cuando actores como Brad Pitt o Sarah Jessica Parker apoyaron al candidato demócrata. Sin embargo, no fue hasta la sonora entrada de Obama en el panorama político que el sector cine decidió movilizarse en masa, verbalizando su opinión en tertulias televisadas o videoclips para la MTV.

Puede que fuese por tratarse del primer candidato afroamericano que se atrevió a enfrentarse al ‘hombre blanco’, pero lo cierto es que la campaña del “Yes we can” se convirtió en un hito mayor que la propia figura a la que intentaba representar.

Y es que, ¿qué supone que un actor o celebridad apoye la carrera política de un partido?

Si la pregunta se formula en España, la respuesta es “poco o nada”. De hecho, como afirma José maría Caparrós, “el apoyo a determinado bando político no puede afectar a la campaña, ya que los artistas habitualmente son de izquierdas.”

Esta afirmación viene a mostrar que, a diferencia de los Estados Unidos o el Reino Unido donde el voto puede cambiar de un año a otro, en España el voto está claro y poco hacen las campañas por cambiarlo – protagonice quien lo protagonice.

Por otra parte, si se realiza la misma pregunta en los Estados Unidos, la respuesta podría ser mucho más elocuente ya que allí un actor no usa sólo su imagen, sino que también se rasca el bolsillo para apoyar a su ideología.

Mientras que esto se debe en gran parte a las leyes de financiación electoral – distintas todas ellas en EEUU, Reino Unido y España – también tiene su mérito la mentalidad y la cultura de cada país.

España cuenta por su parte con la Ley Orgánica 8/2007 de financiación de los partidos políticos, que – entre otras cosas – regula las donaciones privadas y prohíbe que sean anónimas. Con un margen bastante estrecho para esta inversión privada, las elecciones en España son financiadas en cerca de un 20% con las cuotas de los socios y afiliados al partido y el resto por las arcas públicas en porcentajes que nunca quedan del todo claros.

España cuenta con la Ley Orgánica 8/2007 de financiación de los partidos políticos que regula las donaciones privadas y prohíbe que sean anónimas

De este modo, las donaciones son limitadas por la obligación de dar un nombre y si a pocos les gustaba tener que soltar la cosecha de su esfuerzo y sudor, a menos les gusta la idea de tener que hacerlo público. Es por eso que en España el actor se limita a poner la cara, mientras se escuda – como tantos otros – en que lo que sale de los impuestos es más que suficiente.

Otro caso similar, pero en progreso, es el Reino Unido. Con un sistema de financiación objeto de críticas y controversia, los partidos británicos reciben dinero de tres formas: fondos públicos, afiliados y donaciones.

Mientras que el sistema es similar, si no idéntico, lo que varía es la mentalidad, ya que donde en España cuesta mucho abrir la cartera para fines políticos, en Gran Bretaña se reunieron 9,532,598 libras en donaciones durante 2009 para financiar las distintas campañas electorales del país.

No obstante, el caso más notable es, por supuesto, EEUU. Como en todos los demás países, las elecciones son financiadas en gran medida con fondos públicos, pero a diferencia de dichas naciones, las aportaciones privadas son mucho mayores y tienen un carácter altamente propagandístico.

Existen para los Estados Unidos tres niveles electorales: local, estatal y federal – este último siendo las ‘generales’. Si bien las donaciones y aportaciones privadas están más limitadas a nivel estatal y local, en lo federal la fuente de financiación principal son las personas, tanto físicas como jurídicas.

Aunque no deja de ser cierto que esto se presta a debates sobre corrupción e influencias de terceras partes sobre los resultados electorales, la realidad es que esta es la vía más propicia para hacer del cine la mejor herramienta política conocida por el ser humano. De hecho, en las elecciones de 2008 los demócratas estaban tan confiados en el apoyo que recibirían que optaron por no recibir ninguna ayuda pública para afrontar la campaña.

Y no les salió mal la jugada, ya que sin contar con un centavo público, consiguieron batir el record al recaudar 650 millones de dólares tan sólo para las elecciones generales – gran parte de los cuales provinieron de las arcas del cine y sus componentes y, en particular, 590,084$ salieron del fondo de la productora Time Warner.

Aquí fueron los “de la ceja”, en Reino Unido los del “aire del cambio”, pero lo cierto es que a los únicos que les salió bien el montaje fue a los americanos con su “Yes we can”. Porque así es como se juega la baza de usar el cine en la campaña – poniendo la cara, pero también la cruz.

 

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